Marta Roldán (Carmiña Candido Daverio)

Licenciada en ti
Me sigo enamorando al escuchar tu nombre.
Idolatro las letras que forman tu palabra,
aunque el vocablo ambiguo nombra también a otros.
Ahora que conozco dónde están tus lunares
como vulcanólogo que conoce su Tierra
o su país de origen o el pueblo en que nació,
puedo prever el punto aliviador del magma
que corre por tus venas provocando erupciones.
Ahora que conozco tu brillante colmillo
y la astucia incisiva de su punta afilada,
no necesitaría ser dentista o experta
en flúor, en esmalte o en prótesis dentarias,
para hacer que sonrías ante mi seducción.
Ahora que conozco de qué lado te acuestas
y el delicado aliento de tu respiración,
no existe dios pagano, ni pastor sacerdote
con poder suficiente o hábito celestial,
capaz de condenarme o absolverme el pecado
de haberte disfrutado y volverte a desear.
©Carmiña Candido Daverio de "Esquivas esmeraldas"
Humanidad
Recostarse en la piedra elemental de tus pezuñas.
Beber el caldo originado por tu lengua empantanada.
La serpiente de tu vientre hinca constante uñas y dientes
y el veneno eyaculado coloniza las arterias.
Como el asco de una mano no deseada en la vagina.
Como el sexo violentado antes de aprender a amar.
Como el hambre gobernante de las tripas inflamadas.
Como miembros mutilados y podridos entre escombros.
Como planeta quemado y revuelto en sus cenizas
o meteorito estrellado contra todas las montañas
o huracán desenfrenado sin un nombre y sin medida
o dragón sin caballero con espada y extintor.
Por la lágrima de niño suspendida en la mejilla
o la sonrisa de un muerto que ya dejó de sufrir.
Por menospreciar en otro su diferencia o pobreza,
su raza, su credo o sexo, su coraje, su opinión.
Te estoy viendo, humanidad,
serte parte me avergüenza.
©Carmiña Candido Daverio de "Testimonio de iniquidad"
Bienvenido, Sergio Sichenze

Autoritratto
Io sono il viaggio
la transumanza perenne
nell’andare ritrovo
la calma apparente
che un tempo c’è
e poi scompare
Non so dove finisce
né dove sia iniziato
Non so del passo successivo
né di quello precedente
ne è rimasto il senso
senza forma o direzione
Io non sarò
così accadrà
resteranno di me i ganci
dove ho sospeso
senza nessuna bussola ideale
il senso sacro dell’esistenza
l’incerto passo dell’andare
poesía inédita de Sergio Sichenze
Sergio Sichenze
Autoretrato
Yo soy el viaje
la trashumancia perenne
en el andar encuentro
la calma aparente
que existe un tiempo
y luego desaparece
No sé dónde termina
ni dónde ha comenzado
No sé del paso sucesivo
y de aquél precedente
ha quedado el sentido
sin forma o dirección
Yo no seré
sucederá así
quedarán de mí los ganchos
donde suspendí
sin ninguna brújula ideal
el sentido sacro de la existencia
el incierto paso del andar
Sergio Sichenze (traducción de Marta Roldan)
Betty Badaui

PROYECCIÓN *
Ayer...
Hoy...
La infinitud de los minutos transmutados en horas, en días, en la vesania incognoscible del tiempo sin edad...
Todos los días buscando su mirada. Una mirada verde, o azul, o gris; o negra como mi congoja.
Porque mi congoja nació en el mismo instante en que quise adivinar la acuarela de su mirada, el ardor de su pasión o la humedad de su ternura.
Tres años siguiendo la misma rutina...
Llega al bar, cabizbaja, con su pensamiento en una lejanía que yo recorro hasta detenerme en sus neuronas, en el espesor de su masa, en el interior de su recorrido vital. Entonces la descubro rememorando, cubriendo paisajes con la lozanía de su mente incontaminada. Percibo horizontes, hallo como una suerte de contrastantes láminas, todas distintas porque en cada una de ellas bulle un sentimiento diferente; como la acuarela de sus ojos, que pueden ser verdes, o azules, o grises; o negros como mi congoja.
Como todos los días me acerco a la mesa que mira hacia el norte y se enfrenta con el cartel luminoso: Xuxa y Roberto Carlos, Roberto Carlos y Xuxa... guiños verdes, azules, grises... y negros como una mala noche.
La uniformidad de los días me indica inflexiblemente que no veré su mirada; que otra vez dejará escrito en la servilleta de papel: “una lágrima, con dos sobrecitos de azúcar, por favor”.
...”una lágrima, con dos sobrecitos de azúcar, por favor”.
Yo traeré la lágrima y los dos sobrecitos, buscaré su mirada de cuarzo, recogeré los noventa centavos y me iré con el desengaño hundido en mi piel, que adivina los claroscuros oculares, la húmeda simpleza de los lagrimales, el triste asombro de un tiempo marcando avances y retrocesos...
Ella se levantará, recogerá su bolso negro que adentro quizás sea verde, o azul o gris. Caminará, como siempre, mirando las baldosas, saldrá, cruzará la calle y otra vez el Fiat negro; y esa mirada que nunca sabré de qué color es quedará aprisionada, eternamente, en el asfalto.
Yo abriré el bolso, buscaré impaciente el color: verde, azul, gris o negro. Y nuevamente mi loco estupor, nuevamente mi rostro apresado en una foto carnet cuatro por cuatro, cuyos colores verdes, azules y grises estallan dentro del bolso negro.
BETTY BADAUI
Del libro: IVO,
UNR EDITORA, año 1998.
Cuentos

BUEN DÍA
Se golpeó un dedo con un martillo. Pisó una tachuela y se la clavó en el talón Se le cayó un ladrillo en un pie Se pinchó con una aguja o alfiler Se cortó con una hojita de afeitar, un vidrio o un cuchillo Se le encarnó una uña Le salió un orzuelo Le entró un bicho en una oreja y se le infectó Se raspó un codo una rodilla el hombro Se peló la frente Se quemó con aceite al freír unas milanesas. Le robaron la billetera en el colectivo Prestó la moto y se la chocaron Le encajaron un billete falso de cien y no se dio cuenta. Es hincha de un equipo de fútbol perdedor Nació en año bisiesto Le rompieron el tabique nasal de una patada, la madre murió loca, se levanta cada día antes que el sol y mientras sale a ganarse la vida como puede, saluda a todos con su mejor sonrisa Buen día, lindo día. Dicen que cruzarse con él en cualquier parte trae suerte.
Rubén Vedovaldi
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EL CLUB DE LOS MELANCÓLICOS
DELFINA ACOSTA
Levanté la mirada y caí rendida de desolación. Cuán grande era la casa, con sus habitaciones desnudas y húmedas por donde corría el viento frío de la tarde de agosto.
Un agosto ventoso y huraño.
Pensé, no sé porqué, en mi amigo Antonio, que estaría - seguramente - aguardando las campanadas de las cinco de la tarde para ir a misa, y salir luego de ella, a las siete, entre los empujones de la gente apurada; distraído él, con los ojos marcados por profundas ojeras, se dejaría empujar. Pobre...
Nada podía hacer ya Antonio; los oficios religiosos no le servían, sin embargo prefería el olor a incienso de la iglesia, que le producía un modo distinto de tristeza a aquella otra, tan bien conocida desde sus veinte años (ahora tenía treinta y cuatro), aquella tristeza que le hacía reclinar su cabeza sobre el respaldo del sofá, mientras Frank Sinatra cantaba “A mi manera”, y un hilo de conversación, entre él y su propio yo, se apagaba en el momento de encender un cigarrillo.
Sonó el timbre.
Era Consuelo, con su crisis de asma. Parecía una aparición frente al portón de mi casa.
Un estornino amarilláceo que la escuchó estornudar levantó el vuelo hacia el cielo; deseé entonces (siempre he sentido una profunda aflicción por los asmáticos) que los pulmones atormentados por la asfixia de mi pobre amiga se liberaran, y su carga fuera llevada por aquel pájaro que partía, aleteando con fuerza y vitalidad, hacia la claridad del firmamento.
La hice entrar. Y me contó. Y se sabe que contar es reunir los muebles ajados de la casa, el polvo de los pedestales, el desaparecimiento del repartidor de gas, la humedad de la tarde, los ácaros de las gavetas, la pérdida de los biblioratos, todo, en suma, en un suspiro largo, que de por sí lo dice todo. ¿No es cierto, acaso?
Ah..., le dije tomándole de las manos, que estaban frías. Caminamos.
Le comenté que la semana pasada había sufrido un nuevo ataque de melancolía.
Los ataques suelen ser terribles. Pareciera que la enfermedad bajara hasta mí desde la rama pálida del jazminero que crece junto a mi ventana; peor aún, pareciera que la misma rama se metiera en mi interior; suelo sentir cómo caen de mi boca aquellos jazmines salivosos las veces que hablo. Hablo para quejarme, sin saber qué me duele, ni dónde, aunque me duele y mucho.
Ay, vivo tan sola. Cuando enfermo no está nadie en la casa para prepararme un té de chamomilla o tilo, ni para decirme que quizás estoy exagerando, ni para prometerme que ya pasará este ruido molesto de puertas que se abren, rechinantes, en mi interior, aunque no hay modo de cerrarlas pues se sabe que ellas obedecen a los espíritus rebeldes.
Por las puertas abiertas entra no solamente la lluvia, con un olor a sal de alta mar, sino las formas delgadas de algunas personas a quienes no conozco y que me observan con atrevimiento; ellas ven en mi melancolía la asquerosa figura de un araña; me es tan fácil darme cuenta de que aquellas personas sienten temor de mí, pero allí están, embelesadas con mi estado melancólico que avanza sobre sus patas peludas (sus pobres y horribles patas de arácnido) en una enloquecida huida hacia cualquier parte, porque, insecto al fin, la observación de tantos ojos humanos moviliza su instinto de conservación, su pánico a los zapatillazos...
Consuelo notó mi abatimiento. Ya se sabe que dos personas tristes no hacen más que mirarse y suspirar por lo mucho que se entienden y lo poco que pueden hacer el uno por el otro.
- Te queda bonito ese rouge purpurino. Y esa blusa celeste combina con tus zuecos, porque los corchos... - me dijo, y había en su voz aquel sonido de violín que subía de tono o se languidecía según el nerviosismo con que el arco hacía vibrar las cuerdas.
Ah... la obra de arte de sus pobres bronquios.
Hace tiempo se me había ocurrido una idea. Y se la comenté.
Mis amigos, marcados por la depresión o la melancolía, solían aparecer por mi casa con frecuencia. Formaría el club de los melancólicos, entonces. La decisión estaba echada.
Los requisitos, exagerados desde luego, los escribí en un papel que guardé dentro de una carpeta. Estas extravagancias (¿o debo decir locuras?) se me ocurrieron: Amar el arte en cualquiera de sus expresiones. Concebir la vida como un disgusto, un desaire, un piano de cola que cargamos sobre las espaldas a donde quiera que vayamos, sea lluvioso o húmedo el estado atmosférico; entender la perra vida como una forma de existir donde el suicidio podría considerarse, un domingo, a la hora cinco, como una oportunidad de escape. Esquivar a los felices, que suelen hacer la existencia imposible con sus chistes groseros y sus risas que ruedan como pelotas de tenis hasta nuestros pies. Resumir el mundo en la forma de un tren de infinito viaje, sin posibilidad de bajarse en alguna estación, con un paisaje a propósito de un tren para suicidas: un sol negro alumbrando los cactus de brazos deformados y los cuervos volando encima de un silo abandonado y oscuro del cual el pueblo, superticioso, prefería no hablar.
Consuelo se entusiasmó con la idea.
- Estás loca, pero nunca dudé de tu genialidad - dijo.
El club se formó como se forma cualquier club.
Cada sábado, la casa se convertía en el refugio perfecto de mis amigos.
Caían a las cinco en punto. Antonio hablaba y no paraba, y todos los escuchábamos en silencio, o sea, en estado de rendición. A mí, no sé por qué, se me presentaban en la mente hongos gigantes y una fila de hormigas rojas que el viento de la calle no conseguía barrer, cuando él hablaba. Antonio iba secando el sudor de su frente con un pañuelo de satén, y eso le daba, por momentos, cierta importancia de catedrático o de pastor anglicano, aunque la realidad es que sólo hablaba y hablaba, tapiándonos. Pero cierta vez, en el punto más desordenado de su perorata, dijo algo que nos emocionó: “Algún día seremos felices. Se los aseguro”.
Felicitas, de cara redonda y blanca, levantaba la mano
a menudo pidiendo turno para hablar; su ansiedad provocaba un descontento generalizado dentro de los miembros del club; ella no les hacía caso (no podía hacerles caso, mas bien) y allí estaba, dale que dale, contando, mientras se comía las uñas, que quería un novio para espantar su soledad. El novio no aparecía, decía, porque su imagen de artista plástica impresionaba a los caballeros acostumbrados a tratar con las mujeres simples, tranquilas, de maquillaje tupido y faldas muy cortas, que tenían en la cabeza la idea de una sola aspirina para encarar el mundo.
“Tomo alprazolán tres veces al día con agua carbonatada; la mitad de la angustia se me va con el medicamento”, decía, y nos miraba durante un largo rato a los ojos como pidiendo absolución. Casi todos los integrantes del club consumíamos medicina de receta controlada pero no nos atrevíamos a contarlo. ¿Temor a qué? No lo sé.
- Te quedarás solterona - le decía Margarita, con el orgullo de su cutis de loza y la liviandad de su cabellera rubiácea; un gajo de su cabello espinoso usaba para pasarlo a menudo por su largo cuello. Tic nervioso. Margarita hacía terapia con un sicólogo, sin resultado, porque casi todas las entrevistas pasaban por un juego de seducción. Pero ¿por qué iba con vestidos de profundo escote y un despilfarro de perfume en sus axilas a las sesiones sabiendo a lo que se exponía? Los sicólogos y psiquiatras suelen enamorarse a menudo de sus pacientes. Eso se dice.
Santiago, alto, con bigote breve, poeta de los raros, ya llevaba veinte años en la melancolía. Era adicto a la cafeína. Abriendo y cerrando con cuidado las puertas de las gavetas de mi cocina, se preparaba una jarra de café, apenas llegaba. Y luego, ligeramente eufórico, se presentaba en la sala, se sentaba en su butaca preferida, la de respaldo con forma de exágono. Al rato prendía un cigarrillo y leía una obra literaria.
Cuando leía su poema, los demás empezaban a hablar en voz baja. Esas impertinencias, esos cuchicheos, ese zumbido de abejorros eran un desacato a las reglas y me disgustaban bastante. Una tarde de filosa llovizna, Santiago leyó un soneto alejandrino dedicado a Van Gogh; cuchicheaban los miembros del club, y era tal el desorden, que me largué a llorar.
El sábado siguiente nos sorprendió con el silencio.
Estoy buscando que madure un poema dedicado a los cocuyos. No tengo nada para hoy; lo siento - dijo. Y nos quedamos mirándonos absortos. Como sea, extrañábamos su figura alta inclinándose en un acto de reverencia ante cada rima de su poesía.
En fin; las cosas caminaban solas. Creo que fuimos progresando.
Empezamos a buscar la manera de ser razonables. Covenimos en que un tiempo no mayor de veinte minutos era más que suficiente para las exposiciones.
Consuelo vino contenta un día. “Se me pasó el asma”, dijo. Y agregó: “La fraternidad del ambiente ha hecho un milagro sobre mis bronquios. Estoy curada. Adiós a la cortisona, a la efedrina y a las sesiones de inhalación de sustancias volátiles”. Nunca más apareció. La aguardábamos sábado tras sábado; sonaba el timbre, nos apiñábamos junto a la ventana sacando las cabezas, y no, no era ella, sino otro miembro del club.
Ah... la ingratitud de los melancólicos.
Juan, de mirada sombría y uñas largas, nos sorprendió durante una sesión comentándonos que prefería la compañía de los gatos a la de una mujer. Era buen mozo y ganaba algo de dinero vendiendo pinturas de peces, de limazas y de cámbaros, cada domingo, frente a los portones de la gente rica.
Se sabe cómo funciona la operación o la venta: el artista, vestido de indigencia, pasea con sus obras por las veredas de los millonarios, y ellos, seducidos por los colores refulgentes de la pintura, compran los cuadros sin pensar.
- No; yo no me caso - suspiró Juan.
- No es bueno que el hombre esté solo - dijo Felicitas, quien estaba secretamente enamorada de él. Su voz tenía la emoción del escándalo.
- Pero yo no estoy solo; tengo a mis gatos. Son todos tan hábiles. No hacen más que aguardarme pacientemente cuando salgo a la calle en busca de dinero. Y me reciben con sus artes y sus maneras milenarias que yo sólo sé corresponder con un largo silbido - respondió.
Sin embargo, a partir de ese día, Juan empezó a observar a Felicitas con más claridad. Eso lo descubrió el club al instante. Sus ojos se posaban a menudo en su blusa transparente bajo la cual sus senos se mantenían muy apretados dentro de unos corpiños negros.
Una tarde los vimos llegar juntos. Y tomados de la mano. Y era que llegaban y no llegaban porque se echaban chistes y bromas y otros cuentos que los desternillaban de risa; demoraban una eternidad sus pasos para observarse mejor y pincharse.
El hecho, mejor dicho el noviazgo, ameritaba un ágape, brindis. Así lo decidimos.
Y el brindis se organizó solo. Aparecieron las palomitas de maíz, el olor de las papas freídas, el calor de las empanadas recalentadas, los tragos de gaseosas, los helados que Antonio fue a comprar de la esquina con una sonrisa fresca en el rostro. Nos divertimos tanto.
Los novios estaban radiantes. Y yo estaba feliz. Me ponía de buen humor que se amaran, así, a su manera. Ella reclinaba su cabeza sobre los hombros de Juan, y él se entretenía con sus cabellos.
A veces se besaban en la boca. Y entonces todos jugábamos a que volvíamos inmediatamente las caras hacia otro lado, para escondernos de aquellas escenas atrevidas.
Ah..., qué diversiones de niños, aquellas.
El noviazgo de Juan y Felicitas era un logro, una orquídea florecida repentinamente en un tronco amenazado por las plantas biofritas, el mejor puntaje del club de los melancólicos.
Pero hubo otra sorpresa.
Antonio y Margarita cayeron un sábado, media hora después de las cinco, con la novedad de que deseaban casarse.
- ¿Cómo? - dijimos.
Ellos se abrazaron fuertemente por toda explicación.
Alguien fumó y tosió aparatosamente. Yo quise hacer un análisis de la situación, magnífica, ciertamente, pero compleja e inesperada desde el sentido común, pues respondíamos a una mentalidad, a un perfil sicológico, rasgados por la angustia y la neurosis. Pero preferí callar. La melancolía era, por lo visto, una caja de pandora.
Ah... Margarita empezó a moverse al compás del tema musical “Imagine” de los Beatles. Se veía feliz y bella y sobre todo triunfante. Arrojó su gorra con visera azul sobre una rinconera. Fue abriendo su blusa a rayas, botón por botón. Pasó varias veces su mano larga y blanca por su vientre, y como por arte de magia, la forma de la criatura, su hijo escondido bajo la faja desenrollada lentamente, reveló un embarazo de tres o cuatro meses.
“Ah...”, dijimos todos. Y nos entró un sentimiento inexplicable.
Un niño se añadía a nuestras vidas.
Y éramos sus padres y sus madres.
A la noche, Consuelo me llamó. Otra vez le habían vuelto los pitidos. De nuevo sus bronquios se llenaban de mucosidades. Había un estornino en sus pulmones.
Algo parecido al miedo agitó mi corazón.
No sabía qué decirle. No le iría a contar, por supuesto, que en los últimos tiempos me hallaba recuperada. Eso sería una descortesía.
- Vuelve a las reuniones - le aconsejé.
Un sí, una aceptación suya que sonaba al piar lastimero de un gorrión caído de su nido, oí del otro lado del tubo.
El sábado siguiente un clima de armonía iba y venía por las paredes de la sala.
Santiago leyó un soneto de su creación. Y lo aplaudimos aunque no nos agradaron esos endecasílabos suyos que cabalgaban sin musicalidad, pasando del trote a la estampida. Pero fue él mismo, quien oyéndose, cayó en la cuenta de la falta, del imperdonable error, pues dijo: ¡Qué desastre!
A veces pensaba que debía tomarme una vacación, ir a algún sitio donde el clima fuera beneficioso para las grandes fumadoras como yo. Pero no. Acababa quedándome en la casa, y hacía como que no me quedaba, los sábados, cuando los miembros del club tocaban desesperadamente el timbre una y otra vez.
Solía escucharlos.
“Se habrá pegado un tiro”.
“No digas eso”
“Deberíamos llamar a la policía”.
Y no; no llamaban a la policía, por suerte.
Sábado tras sábado, allí estaban, insistentes cual llovizna callejera. Cuando llovía, se metían debajo de sus paraguas negros; eran nuevas aves oscuras engendradas por esta naturaleza anárquica marcada por la contaminación de la atmósfera y el gran agujero de la capa de ozono.
Me enloquecían con los continuos timbrazos. Una tarde no pude más y abrí la puerta. Entraron. No me dijeron nada. Comprendieron mi conflicto. Este es el estilo de gente como nosotros en cualquier trato.
Ahora faltan diez minutos para que ellos lleguen.
Debo estar hermosa esta tarde porque me sacarán una fotografía para colgarla luego en la pared de piedras de jade de la chimenea. Un color especial, cuando las leñas son consumidas lentamente por el fuego, se va desplazando (casi con vida, pareciera) por la chimenea ecológica. De hecho, ella es algo así como el sitio de Dios en mi casa.
El epígrafe lo escribí yo misma y será leído por Santiago cuando se descubra oficialmente la foto: Guadalupe Sánchez, Presidenta del Primer Club de los Melancólicos.
Trío de poemas

LA ESTATUA DE LA PLAZA
Allí está. ¿Sabe mi nombre?
No, lo inventa.
En forzosa inmovilidad
la estatua siempre está
parecida a todos los días
pero diferente.
A lo mejor ella me comprende
y por eso creo que me sonríe
rodeada de tantos pájaros.
Ahora llueve
no es coincidencia melancólica
entre tanta gente inútil
una pequeña satisfacción,
se han alejado los que gritan
las parejas que-se –miran-a- los-ojos
las mujeres con sus niños.
Quedo yo
deslucida y mojada
y otros adoradores del agua
reivindicadores del otoño.
La estatua idéntica y húmeda
creo que participa de mi secreto.
La envidio
tan perenne
tan siempre.
MARITA RAGOZZA DE MANDRINI
Tengo el tiempo cambiado,
los recuerdos equivocados,
las manos ajenas.
Tengo los segundos contados
para explicarme mis sueños.
Tengo la memoria frágil
para retener los instantes efímeros.
Tengo las manos vacías
para acariciar el alba.
Porque la noche me abruma,
me ronda, me persigue
y se desliza más allá
de la insistencia de los amaneceres.
Tengo todo este vacío
que me ocupa las horas
y todas estas horas que ocupan mi vacío.
Tengo el andar sigiloso
para no despertar crepúsculos
que no pueda observar
desde los límites de mi inconsciencia.
Tengo esta noche
donde cada lágrima esgrime su belleza,
y cada cansancio
se posa en el hartazgo
de la soledad enquistada en los espejos.
Tengo aún la visión perfecta
para cazar lejanías
más allá de los límites
de mi ausencia.
Ausencia de ti, de mi,
ausencia sin nombre...
Tengo ausencias,
y con eso me arreglo.
Elsa Florit
Y ME DETENGO…
Navego mi dolor…
no hay esquinas,
no hay señales,
ya no queda ni una luz.
Sigo…
braceo entre nubarrones,
salteo cortinas de sombras.
Y me detengo…
me detengo
para destejer mi pena,
antes que se fugue el tiempo.
ALICIA BORGOGNO
Liliana Chávez

Extraño las velas el temblor del pabilo lo leve del tiempo en la antigua balanza
las flores diseminadas por la casa el goteo de la música nuestra parcela de cielo
ese puñado de memoria que cae sobre mí como la noche.
------------------ No me lo dijo. Sólo puso mi amor al rescoldo lejos de las brasas.
----------------------
Si los ojos se habituarana ver en todo una obra divinala razón más simple de cualquierlenguajetal fuera la vidauna bella esculturade inacabado esplendorun diálogo incesanteentre todo lo creado.LILIANA TERESA CHÁVEZ
|
Breves

Todos queremos que nos comprendan, pero no que nos tengan lástima.
CERVANTES
No pidas ayuda para lo que puedas hacer solo.
JEFFERSON
La juventud pasa. El tiempo todo lo devora.
SIVANANDA
Está por encima de sus enemigos el que desprecia sus agravios.
CONFUCIO
Todo lo que no me hace morir me hace más fuerte.
NIETZSCHE
No juzgues a un hombre por los cuentos de otro.
GURDJIEFF
deliteraturayalgomas

LAS HOJAS DE LA REVIVISCENCIA
Un instante azul
con impreciso rasgo,
amaneció con pasos de misterio,
aquella noche...
La planta había germinado,
sus hojas fueron tibios dedos
de la reviviscencia
y erguida de regocijo
irradió su esplendor,
aquella noche...
La mujer
lloró su dolor,
aquella noche...
sintió el temblor vegetal,
en la desnudez de sus curvaturas
el follaje de la planta
se convirtió en palabras,
aquella noche...
FREDE PERALTA MASSARE
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Lectores: - De Literatura... y algo más- les da la bienvenida con un poema de FREDE PERALTA MASSARE, de su libro “Cuentos de Travesía”.
La edición es de Escritores Cordobeses Asociados- ECA, 2008-
En “Cuentos de Travesía” hallamos relatos con acompañamiento de poemas; así que será interesante para ustedes leer el cuento que lleva el mismo nombre para llegar a la comprensión unificada del cuento y el poema.
Cierro este comentario con el final del prólogo confeccionado por el escritor José Araujo, dice así: “Por último, es apropiado destacar un detalle sobre el que algo se ha anticipado: en esta obra Frede hace convivir narraciones y poemas, aunando cada par con un mismo tema (que es desarrollado prosaica y poéticamente), lo que hace que su libro sea más original aún, un verdadero hallazgo logrado por muy pocos.
Saludemos, pues, este nuevo libro de Frede y disfrutemos de su siempre ostensible talento”.
JOSÉ ARAUJO
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Ahora sí; De Literatura... y algo más, renueva sus agradecimientos mensuales:
A los escritores colaboradores que aportan sus trabajos.-
A Raúl Astorga, Liliana Chávez, Delfina Acosta y Elsa Florit por la cercanía.-
A Blogia, por el alojamiento desinteresado.-
A los lectores, sin ellos no se justificaría este blog.-
Saludos
Betty Badaui
Rosario-Argentina
Primavera, 2009
Para publicar les solicitamos que envíen poemas o relatos en letra tamaño 12, Arial o Times New Roman, letra negra sobre fondo blanco. Gracias por formar parte de: http://deliteraturayalgomas.blogia.com
Mercedes Sosa

Hoy falleció MERCEDES SOSA, entrañable representante de la Música Popular Latinoamericana.
Nuestras condolencias para sus familiares.
-De literatura y algo más-
4 de octubre de 2009
Bienvenido, Rafael Roldán Auzqui

*
En el Cosmos
A los Divinos Pies deLoto
de Sathya Sai.
Esparces inmensidad
a cada latido
que arroja
tu Divino Corazón
de donde todo procede
y a donde todo regresa,
y asimilamos
-a cada instante-
Tu Llamado fundamental.
Tu Hora
está escrita
en todos los relojes
y en ninguna.
Tu Centro
está marcado
en todas las esferas
y en ninguna.
Tu Voz
se escucha
en todas las latitudes
y en ninguna.
Nazco
muero
y renazco
por Ti
y en Ti,
en todos los cuerpos
que me prodigues
y en todas las galaxias
donde me convoques,
hasta que me llames
por mi verdadero nombre
-amorosa variación del Tuyo-
para fundirme
en la perplejidad de lo Uno.
POEMA DE LA LLUVIA
Y te llueven las manos
y te llueven los dedos
y te llueve la sangre
y te llueve la humanidad
y te moja su dulzura
y los truenos
anuncian una mansa felicidad
humedeciéndote el alma
cuando la tierra
se ha hecho cielo...
SOBRE EL SILENCIO
Se abre la boca del silencio
Ante mis ojos:
Allí dentro está mi voz
Aún dormida.
¿Rescato mi voz
o huyo antes de que la boca
se cierre por completo?
¿Qué me hace pensar
que la boca se cerrará?
¿Será tan absoluto
el silencio que se cierne?
¿Habrá de despertar
esta voz vacilante?
La voz me llama...
El silencio me abisma...
Opto por la voz del silencio
Que crece a mis espaldas
Y me lanza a lo Desconocido.
Rafael Roldan Auzqui
*Enviados por Liliana Chávez